sábado, 14 de febrero de 2009

Pinturas rupestres de Baja California




La más grande e impresionante galería de pinturas de México se encuentra en la parte media de la Península de Baja California,Para ver estas pinturas hay que viajar a pie o en mula. No hay más. Y eso es lo encantador del asunto. Claro, antes hay que recorrer cientos o miles de kilómetros en automóvil, barco o avión para llegar al oasis de San Ignacio, justo en el centro de la larga Península de Baja California, dentro de la Reserva de la Biosfera del Vizcaíno: una sucesión de paisajes de fantasía (salinas, desiertos, volcanes, lagunas costeras) poblados por raras criaturas (berrendos, ballenas y millones de aves). En San Ignacio se gestionan los permisos, se reserva al guía y se compran las últimas provisiones antes de emprender el camino.
 
Las pinturas rupestres de Baja California se han encontrado en centenares de sitios dispersos sobre cuatro grandes serranías, de las cuales la más famosa —y la que ha obtenido el título nobiliario de Patrimonio de la Humanidad por parte de la Unesco— es la Sierra de San Francisco. En ella hay dos cañadas principales abiertas a visitas guiadas (la única manera de entrar a la zona): la del arroyo de Santa Teresa y la del arroyo del Parral, cada una con media docena de sitios de primer nivel con murales enormes.
 
Y es que el estilo de la zona —único en el mundo— se llama precisamente “gran mural” y entre sus convencionalismos están las figuras animales y humanas de tamaño natural o aun mayor. Es muy común también encontrar figuras antropomórficas bicoloreadas, divididas a lo largo, con una mitad pintada de negro y la otra de ocre. A veces aparecen genitales masculinos y en otros casos hay triángulos que sobresalen por debajo de las axilas y que en general son interpretados como senos.
 
En nuestro primer viaje optamos por la ruta del arroyo de Santa Teresa, la más famosa, a la que se llega a través del pueblo de San Francisco de la Sierra, distante unos 90 kilómetros de San Ignacio. Ahí nos presentamos con don José de Jesús, nuestro guía. A partir de ese momento el mundo cambió radicalmente. Nos despedimos del automóvil y demás tecnología de los últimos cien años, y tomamos nuestras cabalgaduras: mulas para nosotros y burros para la carga. El convoy iba precedido por la caponera, o sea, una burrita mansa con una campana al cuello a la que las demás “bestias” siempre seguían.
 
Fue un poco incómodo, sobre todo en la noche, luego de unas seis horas de cabalgata (escasos 15 o 25 kilómetros). Don José comentaba que hay quienes prefieren hacer todo el trayecto a pie. Sin embargo, la experiencia de vivir los viajes como eran antes del ferrocarril es difícil de encontrarla en otras partes. Aparte, la cabalgata no es tan agotadora como parece. Cualquier persona con una condición física media la sobrevive alegremente, y el entorno le hace a uno olvidar cualquier molestia.
 
La de San Francisco no es la sierra estereotipada de los libros de geografía con picos como los de un serrucho, sino más bien un grueso macizo con alturas de casi mil 500 metros sobre el llano del desierto del Vizcaíno. En su parte media está surcado por barrancas laberínticas y todo está poblado de hermosos cardones (el cactus emblemático de los desiertos norteamericanos), uno que otro cirio (un extraño árbol endémico de un solo tronco y carente de ramas), biznagas y matorrales de desierto. Cuando llegamos a una cima tuvimos el espectáculo sobrecogedor de la cañada del arroyo de Santa Teresa: unos 700 metros de profundidad y allá abajo la inesperada estampa de decenas de palmeras en torno al espejo resplandeciente del arroyo. Inútil decir que al descender por las angostas veredas de esta cañada, mientras las piedras caían rodando al precipicio, le tomamos intenso cariño a nuestras respectivas mulas. Olvídense del Hummer, las mulas son en definitiva el genuino vehículo todo terreno.
 
Establecimos un sencillo campamento junto a un remanso del arroyo con agua cristalina. Don José de Jesús le dio descanso a las monturas y luego enfilamos a pie hacia la primera “cueva”, justo en donde el cañón de San Julio desemboca en el de Santa Teresa. El término “cuevas” es bastante equívoco, si bien ha sido consagrado por el uso. Suelen ser más bien concavidades poco profundas sobre los muros casi verticales de las barrancas. Por eso es tan notable que los murales se hayan conservado tantos siglos y milenios. Los pigmentos utilizados en estas pinturas fueron hechos a base de materiales casi siempre minerales. Al parecer el ocre, el rojo, el negro y el amarillo provienen de diversos óxidos minerales de origen volcánico que se encuentran en la región. Y el blanco es cal, proveniente de piedra caliza de la zona que fue quemada.
 
En la cueva de la Boca de San Julio tuvimos la primera impresión de las pinturas rupestres: conejos corriendo en una serie que parecía imitar los cuadros de una película; coyotes, venados y “monos” (como la gente del lugar llama a lo que los antropólogos denominan figuras antropomórficas). Luego, al otro lado del cañón, visitamos la llamada Cueva de los Músicos, donde sobre el dibujo de una retícula de color blanco que hace recordar un andamio (o una partitura, de ahí su nombre), hay varias figuras antropomórficas de poco menos de un metro de alto.
 
Era demasiado tarde para proseguir. Pero la noche fue doblemente espléndida, tanto por el cielo intensamente estrellado (Baja California es la región con menos días nublados en América del Norte: en las costas del Golfo de California, por ejemplo, se presenta la menor incidencia de precipitación pluvial del país, con registros medios anuales cercanos a los 40 mm), como por la tranquila compañía de don José de Jesús. Al igual que la mayoría de los rancheros de la sierra, él se apellida Arce. Parece ser que todos ellos son descendientes de un soldado con este apellido que en el siglo xviii llegó a Baja California como escolta de los misioneros. En pocas ocasiones tiene uno la oportunidad de convivir en México con gente de origen criollo cuya cultura se ha modificado tan poco a lo largo de los últimos 200 años.
 

Don Jesús es amable, pero no habla más de lo necesario. De vez en cuando, a alguna pregunta nuestra, nos señalaba alguna constelación o nos platicaba sobre los animales y la geografía del rumbo, pero no hacía aspavientos de más. A sus cuarenta o cincuenta y tantos años es un vaquero consumado; sus magníficas chaparreras, las sillas de montar o las teguas (calzado de cuero de fabricación artesanal), fabricados como se fabricaban en tiempos de la Independencia, podrían lucir en un museo, pero para él son utensilios de uso cotidiano. Su rudeza y su austeridad no le impidieron aceptar de nosotros un poco de un tequila que destapamos en el campamento. Más tarde él compartiría con nosotros frijoles y unas espléndidas tortillas de harina de trigo, el alimento esencial del mundo criollo del norte de México.

Al día siguiente visitamos los sitios principales de la cañada. Arroyo arriba encontramos el corazón del conjunto de pinturas rupestres de Baja California: la Cueva Pintada. Se trata de un gigantesco mural de más de 150 metros de largo con centenares de figuras que con frecuencia aparecen encimadas unas sobre otras. Infinidad de aves, mamíferos terrestres y marinos aparecen ahí, lo mismo que incontables figuras humanas con las manos siempre levantadas. Algunas de ellas parecen tener tocados o penachos; otras puede que representen mujeres, por los senos en forma de pequeños triángulos. Quizá no sea la más delicada obra de los antiguos pintores californianos, pero uno se queda petrificado al ver las dimensiones, tanto de cada figura (en escala real o mayor), como del conjunto mismo.
 
Además muchas de estas pinturas que se encuentran en paredes inaccesibles por su altura. Necesariamente los pintores tuvieron que haber usado andamios, igual que Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. La posibilidad de construcción de andamios con los materiales naturales de la zona fue demostrada en 1978 por un grupo de investigadores estadounidenses y mexicanos que armaron un andamio de 13 metros de altura con troncos de palma de taco, ramas de mezquite verde y esqueletos de cardón. Con esto quedó aclarado parte del misterio, pero no todo: habiendo tantas otras paredes tan accesibles, ¿por qué con tanta frecuencia eligieron paredes altas?
 
La Pintada cuenta ahora con andamios, de modo que es fácil moverse enfrente de ella sin tocar las pinturas. Una cédula colocada ahí por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) señala que la antigüedad de esas pinturas es de 10 mil años. En realidad, no se sabe con precisión cuándo se hicieron ni quiénes fueron sus autores. Parece ser que esta tradición pictórica se mantuvo viva durante milenios, quizás hasta el momento mismo de los primeros contactos con la civilización occidental en el siglo xviii. Y las abundantes pinturas de animales flechados dejan claro que sus autores debieron ser cazadores-recolectores nómadas. Cuando en el siglo xviii los misioneros jesuitas hicieron esta pregunta a los indios de la zona, éstos respondieron que los murales habían sido hechos por “gigantes”, tan grandes incluso que pintaban recostados en el suelo. Y que tales gigantes habían muerto en batallas sangrientas a manos unos de otros mucho tiempo atrás, según relata a fines del siglo xviii el padre Miguel del Barco en su Historia Natural y Crónica de la Antigua California.
 
A unos cuantos cientos de metros al sur de La Pintada, pero en un cañón subsidiario, está la Cueva de la Soledad. Ostenta grandes figuras humanas de unos tres metros de alto, junto a las que hay figuras de aves. También están algunas extrañas figuras abstractas. Pero es frente a la Cueva Pintada donde está el más dramático y, para mi gusto, el más acabado mural de esta cañada: la Cueva de las Flechas. Muestra un conjunto de figuras humanas —con penachos y manos alzadas— pero atravesadas por flechas.
 
Con este toque de violencia terminó el segundo día del recorrido. El tercero fue ya el trayecto de vuelta a San Francisco de la Sierra, y desde ahí el retorno a nuestro mundo, lejos, muy lejos del mundo de los pintores y aun del mundo duro y amable de don Jesús y de los rancheros de la sierra.
 

Y le dije a Taxco; Volveré



Hacer shopping en un pueblo-escalera es toda una experiencia. Por eso debes ir a Taxco, la ciudad donde viven los artesanos plateros más famosos del mundo, la Meca de la Plata donde todos los sábados hay un tianguis –como llamamos en México a los mercados– de plata, pero sobre todo una ciudad de plata entre laderas y cerros donde siempre hay que subir o bajar.

Es una mañana de sábado y, desde el DF, he demorado tres horas de viaje en autobus. Me da tiempo para pensar qué quiero comprar: cinco pares de aretes de plata, tres collares –¿o cuatro?– de plata, algunos dijes y cinco regalos de plata para mis cinco amigas. Y tal vez aquí consiga un dije “Jai” que es la palabra vida en hebreo, y que seguro aquí se consiguen unos muy bonitos y bien trabajados.
–En un rato lo resuelvo y después recorremos el pueblito –le digo a mi amiga Sara que me acompaña. Prefiero la plata al oro. Supongo que me atrae más el color, el brillo, la temperatura. La plata me parece más fresca, menos pesada aunque pese lo mismo. Una vez, hace muchos años, me dijo mi abuela que algún día me interesará el oro, más adelante.

Porque ahora he llegado a Taxco, la ciudad de la plata, y nos bajamos del autobus apurados. Es cierto que preguntando se llega a Roma, pero me gusta más la idea de llegar por mi cuenta. Claro que venir a Taxco no solo es la compra de joyería de plata, sino disfrutar de unos de los pueblos más extraordinarios de Amérrica, como podría ser el Cusco en el Perú o Antigua en Guatemala, solo por mencionarles algun lugar. Decidimos comensar la travesía por estaa calle angosta y empedrada me conducirá a la plata. Entre mi curiosidad de viajero y la subida, alcanzomos Sara, la chicas y yo el final jadeando.
Arriba hay negocios de plata con letreros que dicen: «Artesanos Plateros», «Platería antigua», «Diseños prehispánicos». Como todo tinguis o mercado hay que ser bueno para el regateo y la busqueda de lo bueno, bonito y bataro. Y como no soy bueno en esa matería es que traje conmigo en este viaje a un contingente de expertas en el arte de comprar bueno y barato. Si cuando estuve en Turquia, el mercado de estambúl se me hizo gigantesco, este no le pide es nada en tamaño y variedad en joyería artesanal.
Miro la hora: son las 13.40 y aún no compro nada. Mis asesoras me recomiendan mesura y pasiencia., nada de compras compulsivas, esto se hace de manera profecional; dijo Marlene, calla y aprende dijo; Sofía, con mucha autoridad.
A esta hora la ciudad se ha llenado de turistas europeos que cambian euros y compran y compran y compran. Y compran plata. Quiero comprar plata. Me dicen que baje por ahí, que doble en la primera y ya
Así lo hago y, después de doblar, encuentro mi objetivo: una vía larga, fina y oscura como los pasadizos árabes, con miles de puestos uno pegado al otro, todos radiantes de plata: aros, collares, pulseras, dijes, medallas, colgantes que me miran. Todo Taxco está mirándome como nunca nadie me ha mirado. Aunque, ahora que lo recuerdo, en São Paulo también los mercaderes me mirarón demaciado. Empiezo la busqueda de mis compras y mi dige hebraico.
Los sábados de feria, Taxco provoca. El pueblo entero se convierte en joyería descomunal, con millones de accesorios al alcance de la mano, sin la distancia de las vidrieras. Los sábados de feria, Taxco es redundante como un pastel de bodas que tiene dulce en el relleno y en la cobertura también. Me provoca como a todos estos turistas eurpeos y nortamericanos a la gula, al pecado de vanida y porque tengo temor del Todo Poderoso, no debiera volver a Taxco, pero; Volveré.

Y se que volveré por que me brillan los ojos, siento que he descubierto algo. En Taxco haya talleres de platería desde 1930. Me interesa su historia, llenarme del barroco de sus edificios, las visitas turísticamente obligadas. En este momento estoy en el cuerpo de un conquistador que ha llegado a su destino y ahora tiene que arrasarlo. Pienso en Alvar Núñez Cabeza de Vaca cuando descubrió las Cataratas del Iguazú. Éste es mi momento, tengo que concretar la primera compra.
–Señora, ¿cuánto valen esos aretes?

La mujer me dice que sólo vende al por mayor, que debo que llevar diez pares como mínimo. Taxco se está complicando. Sigo al otro puesto, pero ya no sé si me gustan los aretes largos de plata o los topitos con una turquesa. Pregunto a mis consejeas. La gente me empuja y, sin quererlo, estoy en el puesto de al lado, que vende collares. El hechizo de Taxco, un sábado, se termina a las cinco o seis de la tarde. Miro el reloj otra vez: son las tres y todavía me faltan algunas cosas Comprar sin tiempo puede ser fatal me dice Sara, así que ve toamndo decisiones, en Taxco el tiempo siempre falta.
Sylvia me llama apresuradamente agitando su brazo desde un pusto distante, me abro paso entre la gente En un momento veo un dige de “Jai” de plata y él me ve a mí: amor a primera vista, pienso. Lo compro y a partir de ahí empiezo a gastar. Me desato, corro por las calles como un caballo desbocado con sed de plata. Me olvido de mis amigas, me colma un egoísmo planetario que me da miedo pero es incontrolable. Compro con la rapidez de un incendio. Compro plata hasta que se me acaba la plata. Quiero gritar como gritaba el Charro Avitai. ¡Wilber! ¡Ajua! Pero pido más, como piden los jugadores compulsivos.

Sara y Marlene, que hace rato que me miran preocupadas, me ofrecen prestarme dinero, y que vamos a un cajero. El cajero se traba y la plata no sale. Mientras, la otra plata está ahí reluciente, esperándome. Pienso en vender mi cartera, mi reloj, o cambiar mi camara por plata. Pienso en lavar copas en un bar de Taxco, en asaltar a unos gringos. Hasta quiero pedir limosna en la hermosisima Catedral de Santa Prisca. O cantar unas rancheras ahi en medio de la plaza. Pero no lo hago, porque no me se ninguna canción completa. Simplemente bajo la calle como con la mirada infeliz de un penitente. Me subo al autobús de regreso al DF y, acariciando mi dige de plata, y mirando desde la carretera a Taxco y una procesión doliente llevar a cuetas una imagen del Cristo de los Plateros. Me prometo a mi mismo; Volveré.

DE FANDANGO POR XALAPA



Esta mañana de domingo he recibido un correo de mi buen amigo Enrique G. invitándome a ir a Xalapa. El motivo, como si se necesitara uno, es que La Bailadora Doña Elena Ramírez y el Músico jaranero Don Cirilo Promotor Decena, claro ejemplo de la conjunción de música y zapateado en el Son Jarocho, serán homenajeados por el Instituto Veracruzano de la Cultura y la Casa de Cultura local, en el inicio de los festejos titulares de la Candelaria 2009, con la presencia de agrupaciones y músicos ex alumnos de estos dos grandes maestros de infinitas generaciones.
La tarima será el escenario y el son jarocho la esencia de la fiesta de estos dos fandangeros, cuya musicalidad de la jarana y el ritmo de, dieron la sensualidad de su africanía y el garbo andaluz de sus raíces, al Fandango Tlacotalpeño por muchas generaciones, testimonio de ello son los músicos de Son Candela, La Estanzuela, Son de Madera y Son Luna.

En Xalapa estamos ante uno de esos destinos que deslumbran por ser la cuna de la cultura la sapiencia, pues las bibliotecas, universidades y escuelas que existen en Xalapa protagonizan la panorámica de la ciudad.
La neblina vespertina y el ambiente de humedad se cuela entre las hendijas de las grandes puertas al mismo tiempo que se posa en las flores de plazas y jardines para embellecerla y darle ese toque de centros turísticos donde abunda el silencio y la tranquilidad. Esta neblina es como un tenue velo de misterio. O es un delicado tul de romanticismo, una delgada sombra de nostalgia que se entromete en la amplitud de las modernas avenidas, en la reflexiva concentración de un salón de clases, en la quietud de tres lagos urbanos, en el rumorear de un callejón pintoresco, legendario, colonial.

El velo, parece desplegarse desde las montañas, cuyas cumbres forman una especie de biorritmo en el horizonte de Xalapa, la capital del estado de Veracruz, la ciudad moderna y veterana, estudiosa e industrial, cercada por enhiestos picos serranos y las honduras de varias barrancas, profundas, escalofriantes, retadoras del vacío.

Misteriosa o romántica. Tal vez un poco de ambas. Pizca de misterio en las truculentas historias que sustentaron el bautismo de los tradicionales callejones de Jesús Te Ampare y El Diamante; pizca de romanticismo en los ambientes del Museo Hacienda El Lencero, que inspiraron a la poetisa chilena Gabriela Mistral, premio Nobel de Literatura en 1945.


Y te preguntaras: ¿Hay algo más en Xalapa? Iglesias y casonas coloniales, paseos con lagos artificiales, la primera escuela normal de México; calles y callejones, también jardines y un museo de antropología, sorprendente, espléndido, el segundo en importancia del país, con 29,000 piezas arqueológicas que sintetizan la evolución de los olmecas, totonacas y huaxtecas, las principales culturas prehispánicas del estado de Veracruz.

En sus pasadizos se develan las claves de la historia, los vaivenes milenarios de Xalapa o Xalapan, un vocablo del lenguaje náhualt que se traduce como el Manantial de Arena, un manantial que se llenó de vida con la presencia de los totonacas, chichimecas, toltecas y teochichimecas, pueblos que fueron sometidos por los aztecas en 1457.

Después aparecerían los españoles, con sus caballos, espadas y cruces evangelizadoras. Llegaron en 1521 para imponer sus normas y leyes, destruir los templos indígenas y erigir sobre sus escombros las iglesias de la nueva fe, la católica, la del cielo y el infierno, que tuvo su primera casa en el convento de San Francisco, concluido en 1555.

Xalapa (1,700 msnm) se consolidó y fue creciendo. Ciudad de semblante hispano, lugar de tránsito entre México y Veracruz, próspera y comercial, pintoresca por sus callecitas que parecían trepar por el caprichoso desnivel del terreno. Pero nada es eterno y el vigor de la naciente urbe se transformó en desfallecimiento, cuando se abrieron nuevas rutas para el intercambio de productos.

Renacer, salir del marasmo, romper el olvido. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Era posible? Sí, y ocurrió en 1720, con la organización de la "Feria de Xalapa", un evento que atrapó la atención de los comerciantes de la Nueva España (México) y marcó el inicio de una nueva etapa de prosperidad. Fue el cimiento que sustentaría su ascensión a capital estatal, 104 años después.

Después vendría lo de la "Atenas Veracruzana". Esa denominación comenzó a gestarse en 1886, al fundarse la primera Escuela Normal de México. A partir de entonces, se crearían centros de instrucción de elevado nivel, lo que le daría a la ciudad un cariz estudiantil. Hoy, Xalapa es la sede principal de la Universidad Veracruzana, la principal del estado.

Hasta aquí llega la historia, el recuerdo, la remembranza. Mejor salgamos a las calles empinadas para descubrir la Catedral, donde se venera a la Señora de la Inmaculada Concepción, patrona de la ciudad. Al ladito del templo debe visitarse el museo del beato Rafael Guízar y Valencia, el quinto Obispo de Veracruz (1877-1937). El Paseo de los Lagos, un sendero de ensueño con vastísimos jardines y frondosos árboles; la Capilla de las Animas, a la vera del viejo camino que unía Xalapa y Veracruz; el jardín botánico Francisco Javier Clavijero, con más de 700 especies de flora; y el Parque Nacional Cofre del Perote, con montañas, cañones, acantilados y cascadas, son solo algunos puntos de interés en la ciudad y sus alrededores.

Te extiendo la invitación que me a enviado Erique G. y vamos de fandango a Xalapa. Hay que correr el velo de la niebla para conocer Xalapa -a 302 kilómetros de la Ciudad de México y a 135 de Veracruz-, ciudad colonial y moderna, con sus aulas llenas de conocimiento, sus callecitas encrespadas, su museo pletórico de pasado, sus cumbres que crean biorritmos y sus barrancas profundas. Ah, claro, también su pizca de misterio, sus detalles de romanticismo.

Anímate y subamonos a la tarima, deja volar esas enaguas y taconiemos un sabroso son jarocho.