sábado, 14 de febrero de 2009

Y le dije a Taxco; Volveré



Hacer shopping en un pueblo-escalera es toda una experiencia. Por eso debes ir a Taxco, la ciudad donde viven los artesanos plateros más famosos del mundo, la Meca de la Plata donde todos los sábados hay un tianguis –como llamamos en México a los mercados– de plata, pero sobre todo una ciudad de plata entre laderas y cerros donde siempre hay que subir o bajar.

Es una mañana de sábado y, desde el DF, he demorado tres horas de viaje en autobus. Me da tiempo para pensar qué quiero comprar: cinco pares de aretes de plata, tres collares –¿o cuatro?– de plata, algunos dijes y cinco regalos de plata para mis cinco amigas. Y tal vez aquí consiga un dije “Jai” que es la palabra vida en hebreo, y que seguro aquí se consiguen unos muy bonitos y bien trabajados.
–En un rato lo resuelvo y después recorremos el pueblito –le digo a mi amiga Sara que me acompaña. Prefiero la plata al oro. Supongo que me atrae más el color, el brillo, la temperatura. La plata me parece más fresca, menos pesada aunque pese lo mismo. Una vez, hace muchos años, me dijo mi abuela que algún día me interesará el oro, más adelante.

Porque ahora he llegado a Taxco, la ciudad de la plata, y nos bajamos del autobus apurados. Es cierto que preguntando se llega a Roma, pero me gusta más la idea de llegar por mi cuenta. Claro que venir a Taxco no solo es la compra de joyería de plata, sino disfrutar de unos de los pueblos más extraordinarios de Amérrica, como podría ser el Cusco en el Perú o Antigua en Guatemala, solo por mencionarles algun lugar. Decidimos comensar la travesía por estaa calle angosta y empedrada me conducirá a la plata. Entre mi curiosidad de viajero y la subida, alcanzomos Sara, la chicas y yo el final jadeando.
Arriba hay negocios de plata con letreros que dicen: «Artesanos Plateros», «Platería antigua», «Diseños prehispánicos». Como todo tinguis o mercado hay que ser bueno para el regateo y la busqueda de lo bueno, bonito y bataro. Y como no soy bueno en esa matería es que traje conmigo en este viaje a un contingente de expertas en el arte de comprar bueno y barato. Si cuando estuve en Turquia, el mercado de estambúl se me hizo gigantesco, este no le pide es nada en tamaño y variedad en joyería artesanal.
Miro la hora: son las 13.40 y aún no compro nada. Mis asesoras me recomiendan mesura y pasiencia., nada de compras compulsivas, esto se hace de manera profecional; dijo Marlene, calla y aprende dijo; Sofía, con mucha autoridad.
A esta hora la ciudad se ha llenado de turistas europeos que cambian euros y compran y compran y compran. Y compran plata. Quiero comprar plata. Me dicen que baje por ahí, que doble en la primera y ya
Así lo hago y, después de doblar, encuentro mi objetivo: una vía larga, fina y oscura como los pasadizos árabes, con miles de puestos uno pegado al otro, todos radiantes de plata: aros, collares, pulseras, dijes, medallas, colgantes que me miran. Todo Taxco está mirándome como nunca nadie me ha mirado. Aunque, ahora que lo recuerdo, en São Paulo también los mercaderes me mirarón demaciado. Empiezo la busqueda de mis compras y mi dige hebraico.
Los sábados de feria, Taxco provoca. El pueblo entero se convierte en joyería descomunal, con millones de accesorios al alcance de la mano, sin la distancia de las vidrieras. Los sábados de feria, Taxco es redundante como un pastel de bodas que tiene dulce en el relleno y en la cobertura también. Me provoca como a todos estos turistas eurpeos y nortamericanos a la gula, al pecado de vanida y porque tengo temor del Todo Poderoso, no debiera volver a Taxco, pero; Volveré.

Y se que volveré por que me brillan los ojos, siento que he descubierto algo. En Taxco haya talleres de platería desde 1930. Me interesa su historia, llenarme del barroco de sus edificios, las visitas turísticamente obligadas. En este momento estoy en el cuerpo de un conquistador que ha llegado a su destino y ahora tiene que arrasarlo. Pienso en Alvar Núñez Cabeza de Vaca cuando descubrió las Cataratas del Iguazú. Éste es mi momento, tengo que concretar la primera compra.
–Señora, ¿cuánto valen esos aretes?

La mujer me dice que sólo vende al por mayor, que debo que llevar diez pares como mínimo. Taxco se está complicando. Sigo al otro puesto, pero ya no sé si me gustan los aretes largos de plata o los topitos con una turquesa. Pregunto a mis consejeas. La gente me empuja y, sin quererlo, estoy en el puesto de al lado, que vende collares. El hechizo de Taxco, un sábado, se termina a las cinco o seis de la tarde. Miro el reloj otra vez: son las tres y todavía me faltan algunas cosas Comprar sin tiempo puede ser fatal me dice Sara, así que ve toamndo decisiones, en Taxco el tiempo siempre falta.
Sylvia me llama apresuradamente agitando su brazo desde un pusto distante, me abro paso entre la gente En un momento veo un dige de “Jai” de plata y él me ve a mí: amor a primera vista, pienso. Lo compro y a partir de ahí empiezo a gastar. Me desato, corro por las calles como un caballo desbocado con sed de plata. Me olvido de mis amigas, me colma un egoísmo planetario que me da miedo pero es incontrolable. Compro con la rapidez de un incendio. Compro plata hasta que se me acaba la plata. Quiero gritar como gritaba el Charro Avitai. ¡Wilber! ¡Ajua! Pero pido más, como piden los jugadores compulsivos.

Sara y Marlene, que hace rato que me miran preocupadas, me ofrecen prestarme dinero, y que vamos a un cajero. El cajero se traba y la plata no sale. Mientras, la otra plata está ahí reluciente, esperándome. Pienso en vender mi cartera, mi reloj, o cambiar mi camara por plata. Pienso en lavar copas en un bar de Taxco, en asaltar a unos gringos. Hasta quiero pedir limosna en la hermosisima Catedral de Santa Prisca. O cantar unas rancheras ahi en medio de la plaza. Pero no lo hago, porque no me se ninguna canción completa. Simplemente bajo la calle como con la mirada infeliz de un penitente. Me subo al autobús de regreso al DF y, acariciando mi dige de plata, y mirando desde la carretera a Taxco y una procesión doliente llevar a cuetas una imagen del Cristo de los Plateros. Me prometo a mi mismo; Volveré.

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