sábado, 1 de agosto de 2009


PUNTA MITA

Localizada en una península en forma de diamante en el extremo norte de la Bahía de Banderas, a 46 kilómetros del aeropuerto de Puerto Vallarla, Punta Mita yace como una perla sobre la bahía más grande de México. Su ubicación ofrece dobles vistas, tanto al Pacífico abierto como a las tranquilas aguas de la bahía. Playas de arena blanca abarcan una distancia de unos 16 kilómetros que gira casi 360 grados y sus colinas ofrecen increíbles vistas de las aguas que bañan sus orillas. Su ubicación, volcada al Pacífico, también tiene otra ventaja: una sensación de lejanía de las brillantes luces de Puerto Vallaría. Como pudimos constatar muy pronto, eso signifi¬ca que las estrellas aquí son más brillantes que en la mayor parte de los lugares bañados por el Pacífico.

El romance no es ninguna novedad aquí en Punta Mita. El nombre es una adaptación local del vocablo azteca mictlán, que sig¬nifica entrada al paraíso. Los arqueólogos sugieren que fue un sitio de relevancia religiosa para, por lo menos, seis culturas diferentes que vivieron aquí desde el año 2000 a.C. por tanto la analogía aún tiene vigencia. Punta Mita sigue siendo un lugar que permanece en esa infrazona única entre la tierra, el mar y los cielos.
En los años 90 se inició la transformación de la península en una isla de lujo. Luego llegaron los servicios modernos que continúan transformando a la comuni¬dad residencial de 600 hectáreas en un lugar de una extravagancia fuera de serie: dos campos de golf de 18 hoyos diseñados por Jack Nicklaus y los hoteles y resorte más exclusivos de toda la bahía, el más nuevo de los cuales es el majestuoso St. Regis.
La marca St. Regis existe desde hace más de cien años, aquí este maravilloso hotel, que ocupa nueve hectáreas frente al mar para tan sólo 120 cuartos y suites, es el primero de la marca en América Latina con todo y los lineamientos del código centenario de St. Regis: servicios personalizados, locaciones envidiables, aloja¬miento de lujo.
Aunque ninguno de sus edificios rebasa los dos pisos, sus cimientos son como los de la torre de Babel, en lo que se refiere a la mezcla de culturas. El estudio de arquitectura Hill Glazier —autor, entre otros, del Ritz Garitón de Bachelor Gulch y del One & Only Palmilla— usó materiales mexicanos, incluida la loseta de cerámi¬ca de Saltillo, textiles de Oaxaca, espejos artesanales y detalles de San Miguel de Allende; y de Europa vienen los muebles, los tra¬tamientos del spa sueco y el servicio de mayordomo inglés, sólo que en vez de toparnos con un ser tieso, nos encontraremos siempre con una sonrisa y está dispuesto a cumplir cualquier capricho que se nos ocurra.

Los tres restaurantes de St. Regis ofrecen también un trío de sabores: mexicano contemporáneo, californiano y mediterráneo. Es este un fandango para el paladar, lo único que le hace falta al hotel es ustedes.

SAYULITA

Si se mira un mapa regional, Punta Mita parece un trampolín en la punta oeste de lo que se conoce como Riviera Nayarit, un proyec¬to de turismo del estado que se inició en los años sesenta, cuando el director de cine John Huston pusiera la zona en el mapa con La noche de la iguana. En los últimos treinta y tantos años sus espectacu¬lares playas pasaron de ser pueblos de agricultores y pescadores a destinos turísticos internacionales. Pero mientras que los hoteles y tiempos compartidos multinacionales han sido la regla, uno de los pocos lugares que han evadido la tendencia es el tranquilo pueblo de Sayulita, una media hora en coche hacia el norte de Punta Mita.

Más que un pequeño enclave de artistas, la comunidad tiene una idiosincrasia particular y se convierte en un zoológico cada vez que sube la marea. Sus olas rompen de manera simultánea y ruidosa en la playa propagando ese aroma a mar y trascendiendo a nuestros sentidos una armonía en movimiento que nos abruma pero que al mismo tiempo nos relaja y tranquiliza. Dado este tipo de clientela, en Sayulita puede conseguirse cuanto alimento orgá¬nico se haya inventado, mucho café, música de Bob Marley en los estéreos y pan de plátano; todo con vista al mar.

En el mundo contracultural de los surfistas, lo más cercano a una franquicia que se encuentra aquí es Burrito Revolución, que a primera vista tiene todos los atributos necesarios para abrir muchos locales. Sus suculentos y enormes burritos de camaro¬nes (no hay manera de metérselos a la boca) hechos al gusto, a 60 pesos, son una leyenda desde Puerto Vallarta hasta Tepic. Pero que ni se emocionen los inversionistas, su relajada actitud surfea y su estilo de cocina abierta no tienen la menor intención de mudarse a ningún lado. Además, sus camarones son recién sacados del mar y la receta de su salsa especial es secreta. Y así es como les gusta tanto a los dueños como a los clientes. Con lo cual, el único lugar donde puede comerse un burrito revolucionario es en Burrito Revolución, en Sayulita.

Justo enfrente, junto al mercado huichol y el parque central, Chocobanana, un cafecito, sirve una golosina simple pero pode¬rosa: plátanos congelados bañados en chocolate y chispas. Aun hay más lugares mágicos para conocer en estas tierras nayaritas, así que pongan la fecha, aparen boletos, hagan reservaciones y preparen el equipaje. Será este un viaje inolvidable.

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